¿Vinagre o vino generoso?

Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de
buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo
objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los
cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se
confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar
del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose,
con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible.
Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios
sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso.
Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y en sí mismo,
lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre
que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre.
Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no
echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo
que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o
parto.
El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo
aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza
de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor.

El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio
dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar
tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya
una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te
rodean.
Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto»,
como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida.
Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que
haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo.
¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva
y amiga!

Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la
que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque
tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca
que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes
seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres.

La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico,
sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro
dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los
principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es
uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora.


Autor: José Luis Martín Descalzo